Desde que supe de su existencia, siempre me ha maravillado el uso de la narrativa epistolar como recurso en la literatura. No puedo decir que he leído una gran cantidad de obras que utilicen esta técnica, quizá un par de novelas y relatos de Lovecraft y nada más, pero se que novelas famosas como Drácula, Frankenstein, Cartas del diablo a su sobrino; o novelas más modernas como las ventajas de ser invisible, hacen uso del método de narración epistolar. Todas a su manera son ejemplos representativos del género y quien haya tenido la oportunidad de leerlas podrán imaginarse de por qué les hago especial mención. Siento que el uso de este medio para contar historias le agrega una naturaleza enigmática sumamente atractiva a las narración, como si, al verlas desde un punto de vista del personaje, con sus propios conocimientos e ignorancias, nos hiciera sentir como si estuviéramos en sus zapatos. Tenemos las mismas limitaciones en cuanto a lo que sabemos y lo que no sobre lo que está ocurriendo, y por lo tanto, en historias de terror, drama o suspenso, podemos experimentar un grado de intriga y emoción mucho mayores, lo cual en lo personal, le adiciona sabor al placer de disfrutar de cualquier lectura de esos estilos.
Hace algunos días, como quizá ya comente en las entradas anteriores, comencé el nuevo libro "Sangre y Suerte" de Mateus Bolson Ruzzarin, la verdad está siendo una lectura muy fresca, personal e interesante. En la segunda parte, Mateus habla sobre la historia de su sociedad de conocimiento, describe su formación desde el momento en que se originó como una idea primitiva a raíz de sus experiencias y objetivos personales en relación con la filosofía. Mientras habla de su evolución, en uno de los capítulos, nos dice que decidió incluir las cartas que de forma periódica empezó a redactar para los miembros de la sociedad; esto, con motivo de compartir con nosotros como lectores, los diferentes estadios bajo los que se encontraba la comunidad mientras iba creciendo poco a poco a lo largo de los años. Las cartas reflejan un claro proceso de maduración etapa con etapa desde su comienzo hasta la actualidad, en esto, Mateus hace un gran trabajo como narrador, a pesar de que solamente se dedique a usar las publicaciones para expresarse y agradecer.
Fue tras leer estas cartas que recordé lo especial de este tipo de narrativa, recordé lo que he leído, los autores y la magia que evocan; y con todo y esto, me dieron ganas de intentar algo parecido; obviamente no resultaría de la misma calidad, pero saliera lo que saliera, quería intentarlo solo por el placer de vivir la experiencia de crear algo de este tipo. Aprovechando el formato del diario, seleccione uno de los temas que tenía pensado abarcar en la siguiente semana; creí que, a su manera, sería una buena forma de poner en práctica mi habilidad creativa, y a su vez, es una cuestión que lleva dando vueltas detrás de mi cabeza de un lado a otro los últimos días. Ya viene siendo hora de deshacerme de ello.
CARTA A LA UNIVERSIDAD DE SONORA
Guaymas, Sonora
22 de enero de 2025
Universidad de Sonora
Blvd. Luis Encinas J, Calle Av. Rosales &, Centro, 83000 Hermosillo, Son.
Querida universidad:
En un principio creí que no era buena idea dirigirme hacia ti, y mucho menos de esta manera. Quizá debí hacer un esfuerzo extra por dirigirme a alguien más, tal vez a una de tus carreras, a uno de tus profesores, a tus lugares emblemáticos, a la gente que conocí, hubo en consideración un sin fin. Pero esto es un afán donde más que dirigirte unas palabras busco utilizarte como un reflejo, para recordar a través de ti lo que alguna vez fui. No es fácil encontrar la forma correcta de hablar sobre ti, cada que te pienso recorro en un vaivén la delgada línea entre la nostalgia y la indiferencia, tal vez suene absurdo, pero los momentos de cotidianidad nublan y ensombrecen cualquier apasionante periplo que en sus tiempos me incitaste a dar marcha. Son borrosos los recuerdos y cada intento de esclarecer las imágenes de la juventud que me has robado resultan infructuosos; sin embargo, no todo es tan nefasto como lo menciono hoy día, hay en la memoria remanentes de un pasado añorado que hoy vibra con ánimo y presteza. Nunca creí, ni antes de siquiera haberte conocido, que fueras la senda cabal que me llevaría un paso más cerca de la gloria; aunque esto puede ser un poco injusto contigo, pues ni en aquel momento ni en el presente he sabido de qué color es el cielo y de qué materia los pinceles que pintan el paraíso. Como en cualquier otra etapa me llenabas de miedo y emoción, una mezcla confusa de sentimientos a la que cualquier adolescente se termina por hacer adicto. Me embriagaban tus promesas y tus sutiles insinuaciones, fuiste, en su momento y a su manera, la ilusión de libertad más perfecta que pude anhelar. Mas no te culpo de que todo haya terminado como terminó, al fin y al cabo, tu ya estabas ahí antes de que yo llegara, con tus reglas y tus normas, y seguirás y seguirán, mucho tiempo más, aún después de haberme ido. Me ofreciste todo lo que pudiste y yo acepté todo lo que quise, es así como fue nuestra relación, y de ello no encuentro razón para quejarme. Fue hasta después que pude figurar que uno aprende de las omisiones, y que en cada oportunidad desperdiciada se esconde la tenue ocasión de hacerse apto en materia de vida. Todos hablan de lo complicado que es aprender a dejar de dañar a los demás, pero nadie discute la imposible tarea que es dejar de herirse a uno mismo; tu, que fuiste fiel testigo, de toda aquella vez que me lastime, a veces sin un motivo más que el de en el vacío sentir la calidez de un algo. Oh por favor dime, cuantas mañanas incontables no me encamine hacia ti, lleno de cicatrices recién sanas, ya sea bajo la rauda lluvia o el gélido tiempo, con la cabeza gacha y en la espalda una obligación, pues a tu lado tenía que permanecer, dejarte era lo único que nunca me pude permitir. Así pasaron los días, uno tras otro se sucedió y aprendí a tolerarte. Aguantar se convirtió en mi filosofía, resistir fue mi lema diario, soportar mi credo ordinario; y quien diría que con premura y sólo después, fue que de ti recompensas coseche. Una pizca de saberes, un par de voces y unos tibios corazones en las inmediaciones del frío mármol y las profundidades del duro concreto fueron mi tesoro, que de igual manera al poco tiempo termine por extinguir, pero el fugaz instante de alegría que me brindaron habrá valido cada pena esta y de la siguiente eternidad. Todo pudo ser diferente, mas nada ya puede serlo, soy un ser contento y satisfecho de lo que tu poder me consagro, pues sin ti no seria en quien hoy me he convertido. Y habrá más almas y tiernas conciencias que tendrás la oportunidad de arruinar, de nutrir hasta rebosar, mas no tu culpa será, pues cada triste espíritu convicto al fracaso esta, estropearse es la naturaleza del alma humana, no merece nada más que migajas de amor y restos de felicidad, condenados y con clamor profanan, pues entre tus brazos descubrí esa verdad, y con tristeza la pérdida encontró su comienzo y mi vida su final.
Gracias por todo, con afecto, algo de aprecio y un poco de estima
Marco Antonio
P.D. Ya te encargaras tu de contarle a los que vienen ese maravilloso cuento sobre el vínculo de una banca de madera y dos inocentes jóvenes que estaban perdidamente enamorados.
Si no me equivoco no he escrito una carta desde que estaba en primaria. De hecho, recuerdo que en aquellos años, la maestra nos puso como actividad escribir una carta a mano y mandarla por correo tradicional a algún familiar, y que si de preferencia, entre más lejos viviera, esto sería mucho mejor. Creo que por nuestra edad y el contexto la tarea únicamente buscaba identificar y desarrollar nuestras habilidades básica de comprensión, lectura y escritura; pero yo recuerdo que para mí fue algo más, algo sumamente especial; puse todo el talento y empeño de un niño de 6 o 7 años que pude en ella. Dirigí mi carta a una tía que en aquel tiempo vivía junto a mi abuela en una ciudad que se encontraba a 6 horas de camino de mi casa, recuerdo que estaba impaciente por saber si en verdad había recibido mi carta, y si si, que había sentido al leerla. Durante la siguiente semana, en cada ocasión que mi madre se ponía en contacto con ella, yo la asaltaba inmediatamente arrebatándole el teléfono de las manos para preguntarle por la carta, ella continuamente me contestaba que aun no la recibía pero que aun así la esperaba con muchas ansias. En retrospectiva, lo que más demostraba que quería era el probable reconocimiento crítico que le daría a mi redacción, que me dijera que tan bien lo había hecho, que evaluará, como dije, la redacción de un escolar de ni siquiera 8 años. Pero en el fondo no era tanto la calificación lo que más deseaba, creo que lo que más me movía era la posibilidad de provocar una reacción emotiva en ella, que al leer mi tierna carta la invadieran sensaciones tan intensas que le fuera imposible ponerla en palabras, hacer que llorara, que su corazón latiera con fuerza; que encontrará en mi carta un significado, algo que le diera aunque fuera por lo más mínimo, una razón.
📫

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