viernes, 28 de febrero de 2025

DOS HISTORIAS



Hay épocas en mi vida en las que mi cerebro se encuentra particularmente despierto y tiende a generar y conectar cierto tipo de ideas; pareciera que por rachas de algunos días, aparentemente sin razón, comenzará a trabajar de manera extraña. No se si esto sea algo común, algo propio de la naturaleza psicológica del cerebro humano. La verdad, me gustaría pensar que si, pues visto de otra forma eso significaría decir que hay una desviación antinatural de la “normalidad” en mi. Para muchas personas, especialmente los entendidos en ciencias de la salud o disciplinas a fin, eso correspondería a una cosa: ENFERMEDAD.

Quizá esté dramatizando la cuestión. Estoy escribiendo esto solo en mi casa en un cuarto oscuro a las 2 de la madrugada, y si combinas eso con lo que acabas de leer en el párrafo anterior tal vez para ti suene a que estoy cursando por un episodio agudo de esquizofrenia severa, con toda la confusión y el delirio que la caracterizan; pero no, querido lector, estoy perfectamente cuerdo; bueno, tal vez un poco menos de lo normal pero nada fuera de la costumbre.

A lo que me refiero cuando digo que por la cabeza me pasan este tipo de ideas es que se me ocurren cosas fuera de lo común, cosas extraordinarias provenientes de situaciones, personas o relaciones completamente ordinarias. Lo interesante es que pareciera como si los sentidos de la imaginación y la creatividad se dispararan para desarrollar historias complejas detrás de esa idea sencilla que vino (presuntamente) de la nada.

Precisamente ayer por la mañana, a raíz del sueño del que acababa de despertar y que parecía estarse ya evaporando, vino a mi la idea de una emotiva historia que hizo que me temblara el corazón. La historia se plantó en mi cabeza como una semilla que clamaba por esmero cuidado y atención para germinar en una bella planta de mil colores.

La trama original llegaba a mi como un tierno susurro que me decía algo acerca de un niño que no conocía; un crío, aquejado por la reciente pena de haber perdido a su joven madre, una madre que había sido, hasta el momento, el centro de su existencia. Una vez quebrantado el núcleo vital, el resto de la estructura se encontraba en constante desprendimiento, una situación que el niño no lograba afrontar; el dolor se había infiltrado en su ya débil e inmaduro corazón y había hecho mella en todo lo que en él habitaba. A pesar de todo, el niño continuaba con su habitual vida, más que nada por el hecho de que la idea de morir se encontraba aún muy lejos de su consciencia; ocupado entre estudiar fracciones y la historia de la revolución aún no imaginaba esa posibilidad; uno aprende a morir con los años. Los días pasan y cuando se acerca el día de las madres, con toda la festividad y celebraciones usuales; el maestro del curso les deja una actividad especial. A forma de utilizar el día especial como una ocasión perfecta para desarrollar la habilidad de redacción de sus alumnos les deja la tarea de escribir una carta. Los detalles es que esta estaría dirigida a la madre de cada uno y su contenido serían todos los sentimientos, deseos y afectos que querían profesarle cada uno a la propia. Cuando llegara la fecha, el profesor las recogería, las calificaría, y se las devolvería para que la pudieran utilizar a manera de regalo. Al niño no le entusiasma la idea y lo decide ver solo como un pendiente de la escuela más. Su perspectiva cambiará por completo al sentarse en su viejo escritorio de mesa a hacer su tarea y darse cuenta de que, además de ser un medio por el cual puede desahogar todo lo que siente, obtendrá respuesta de un misterioso invitado especial.

La trama me parece electrizante y las posibilidades múltiples; tal vez algún día me dé la oportunidad de sentarme a ver de lo que soy capaz. Mientras tanto, deja te platico de otra semilla.


Cuando era pequeño desarrolle un fuerte trauma por la oscuridad y por estar solo en casa, especialmente durante la noche. Tal vez ambos sean miedos habituales en los niños pequeños, y quizá en algún que otro adulto. En aquel tiempo mi pesadilla era que aquello que se ocultaba en la oscuridad en el cuarto lleno de cosas viejas y de herrumbre que mis padres utilizaban como almacén y que me provocaba escalofríos cada vez que volteaba la mirada; o aquello que esperaba al acecho en el rincón del baño y que aguardaba a que cerrara los ojos el tiempo suficiente mientras me enjabonaba el pelo para abalanzarse sobre mí. Al final de cuentas, mi pesadilla era que aquello por fin me alcanzara y me llevara a su tenebroso mundo de angustia y sufrimiento. Pero nunca llegó (o al menos no de momento, quizá sigue ahí, esperando quietamente la oportunidad perfecta cuando por fin haya bajado mis defensas, para de una vez por todas apoderarse de mi alma), en cambio, crecí y aprendí a tolerar la noche y la soledad. Con el tiempo empecé a convencerme de que creer en ese tipo de monstruos o fantasmas era cosa de niños, de personas inmaduras, y obviamente yo ya no lo era (léase el evidente sarcasmo). Los años siguieron transcurriendo, y al contrario de ser algo que tolerar, comencé a disfrutar de la oscuridad; de más joven era algo que me atraía anormalmente, como si además de haber algo de mi en ella, algo de ella estuviera oculto en mi. En fin, cuando logre superar el trauma mi vida se hizo más sencilla; los miedos de niño habían quedado en el pasado, ahora sabía como afrontar esa inquietud de dormir con la luz apagada y de caminar de vuelta a casa por la noche; todo pareció recluirse en la memoria como un sueño lejano.

Fue hasta que tuve novia en mi época de la universidad que ese miedo volvió; pero no a raíz de revivir viejos traumas. Ambos vivíamos de manera independiente en nuestros respectivos apartamentos, cada quien compartía su piso con compañeros de escuela, familiares o amigos dependiendo en cada caso. A lo que me refiero es que cada quien se hacía cargo de su vida, y tanto las alegrías como los infortunios eran causa y responsabilidad enteramente propia, una de ellas, y quizá la más aquejante en aquellos tiempos, era la soledad; ahí entendí que el hecho de estar solo en un lugar que no conoces y sin protección puede ser una fuente de sentimientos abominables. Yo era alguien que para bien o para mal toleraba eso a su manera; en cambio, a mi ex pareja le resultaba más complicado, sobre todo por las noches, y por lo mismo (además de por la ciega pasión e intimidad que nublan y controlan el pensamiento de los jóvenes) era muy común que me marcara a altas horas muy asustada, en ocasiones al borde del llanto, para liberar un poco su miedo y sentir algo de compañía, casi siempre contestaba y en ocasiones salía de la cama para vestirme e ir con ella. Esto se hizo tan frecuente que llegó el tiempo en que decidimos pasar la mayor cantidad de noches que podíamos juntos. El comportamiento al principio me parecía normal, sobre todo de una persona tan apegada a su familia y que siempre había estado acompañada y segura en la calidez de su hogar. Aun así, había un retazo de curiosidad en mí por toda esa intranquilidad en su persona. Fue precisamente en una de esas noches de desasosiego en que tuve el ímpetu de preguntarle qué era aquello que le ocasionaba tanto terror. Ahora le agradezco que se haya abierto y me haya compartido algo tan profundo de sí, poner en palabras ese tipo de cosas siempre me parecerá algo muy valiente.

Para no hacer el cuento más largo de lo que ya es; ella me confesó que la soledad era un miedo muy grande; era algo que, literalmente, tenía que afrontar día a día, pero que siempre era por la noche cuando más pánico sentía. No por monstruos, fantasmas, ruidos o algún tipo de alucinación; si no por el verdadero terror que se encuentra disperso y libre ahí fuera, en la oscuridad: la maldad humana.

En su momento reflexioné mucho tiempo sobre el tema y hasta día de hoy aviva en mí un miedo atávico que parecía haber enterrado hace muchos años. Parece que esa pesadilla se ha transformado, se ha convertido en algo más adulto, y no ha perdido ni un ápice de sentirse verdadero. Hoy estoy escribiendo esto a media madrugada y se me ocurrió una historia con un drama atractivo. Mi familia salió de la ciudad por el fin de semana y me dejó solo en casa con el perro. Estoy encerrado en mi habitación totalmente a oscuras sin ningún destello más que el de la pantalla, con el aire acondicionado tan bajo que no puedo dejar de tiritar a ratos, estoy escuchando musica en mis audífonos a un volumen tan alto que no logro oír nada de lo que viene de fuera; con todo y eso, no puedo evitar cierta inquietud, mi imaginación me juega malas bromas a momentos, momentos donde bajo mis audífonos y en silencio pongo atención a los misteriosos secretos de la noche. No escucho nada, tan solo los fuertes y secos latidos de mi corazón que se ven privados de la compañía de cualquier mínimo suspiro. No puedo evitar imaginar que en una de esas ocasiones escucharé un enigmático murmullo, me bajare los audífonos y saldré a revisar la sala, y ahí, oculto en la penumbra de una casa sin luz, me asomare discretamente bajo la chimenea y encontraré al cadáver de mi perro horriblemente mutilado, con una nota breve escrita con la sangre de sus vísceras destrozadas. En letra muy clara la nota me dirá: AUN ESTOY AQUI.

Y tras un horripilante alarido desgarrador que apenas logra formarse, silencio.


Para mi es algo bonito que viene de un lugar desconocido y de un actuar que no hago a propósito. Creo que cosas así como estas si le ocurren a todas las personas; ponte a pensar estimado lector, si alguna vez se te ha ocurrido o has hecho algo alguna vez cómo de manera natural, sin pensarlo, simplemente te has limitado a fluir y a observar hacia dónde te lleva, solo para sorprendente con un resultado que nunca imaginaste en un principio conseguir. No se si sea algo propio de personas que se dedican o les interesa la actividad creativa y están acostumbradas a dejar volar sus fantasías; dicen que los sueños sueños son, pero no estoy tan seguro querida persona que me lee. A veces la frontera que limita el mundo de los sueños parece desvanecerse, y en esas ocasiones especiales, los sueños se filtran y escapan del mundo de donde vienen e invaden el nuestro, la fantasía se mezcla con la realidad; me gusta pensar que es ahí donde ocurre la magia. Pero ten cuidado querido lector, porque en ocasiones, las pesadillas logran liberarse mordiendo las cadenas con sus dientes afilados, y una vez libres, tienen hambre.


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