La vida es curiosa e impredecible.
No se si se podría decir que sea común que mi pareja y yo tengamos conversaciones profundas y reflexivas. Hace poco ella adoptó un regusto extraño por una conducta peculiar, que consta en que en ocasiones saca de formularios en redes sociales, preguntas divertidas, extrañas o curiosas que la gente sube con el fin de que tú las encuentres y se las hagas a tu pareja. Se supone que el motivo es que cuando lo hagas puedas compartir un rato ameno, divertido, profundo y reflexivo con tu par, y que además se den la oportunidad mutua de poder conocerse un poco más a fondo el uno al otro.
He de confesar que la verdad disfruto enormemente de estos ratos, en primera, porque me encanta pasar tiempo con ella, es alguien con quien es muy placentero estar y conversar; para ser sincero, es muy difícil que llegue a estar aburrido cuando estoy a su lado. En segundo lugar, me parece algo sumamente constructivo para la relación. No han sido muchas veces las que lo hemos hecho, pero a veces suelta preguntas muy interesantes y hasta controvertidas que nos permiten alejar el pensamiento de los temas corrientes y nos permiten ahondar un poco más en lo que somos, lo que pensamos y lo que queremos.
A veces cuando estamos solos en algún sitio o situación común, compartimos cosas que son tremendamente personales, del tipo que quizá no sacariamos a relucir con otras personas o en otros lugares. Es raro, porque después de haber dado tu respuesto es como si estuvieras desnudo, te sientes expuesto, vulnerable. Definitivamente lo veo como otro tipo de intimidad, una mucho más profunda.
Con ella soy así, somos así, y aunque en la mayoría de ocasiones nos da vergüenza, no tememos el mostrarnos de esa forma cuando estamos uno frente al otro. Es algo que calificaría como mucho más allá de una cosa meramente gratificante. Así que con todo y eso, logro disfrutar enormemente de ese tipo de momentos íntimos. En nuestro aun corto historial tenemos varios, algunos siendo un poco más fuertes que otros, lo que me lleva a lo siguiente.
Ahora bien, voy a hacer algo malévolo, algo deleznable, sucio y motivado por el diablo; voy a romper una regla de la privacidad en pareja y les contaré algo que hasta este momento solo nos pertenece a nosotros dos. Un relato un poco hiriente, injustificado, pero con proyección:
Siempre he considerado que no soy una persona de familia extensa. En ocasiones escucho de amigos, compañeros o conocidos hablar que el fin de semana pasado fueron al cumpleaños del hijo del primo de su papá y estuvo toda la familia presente; me enseñan una foto y apenas logró discernir la cara de mi narrador entre un cúmulo de otras 30. De inmediato pienso en la mía y mi mente divaga tratando de recordar la última vez que la mía se tomó una foto juntos. Tal vez fue una navidad de hace 10 años, no lo sé, no soy mucho de tomar ni guardar fotos.
El caso es que a pesar de todo agradezco enormemente las pocas oportunidades en que mi familia se reúne, y aunque no soy mucho de apreciarlos o de compartir tiempo y calidad con ellos, me parece lindo que puedan sentirse acompañados los unos con los otros.
La mayoría de ocasiones en que se llegan a juntar son en festividades importantes o en reuniones casuales que se dan cuando alguna parte viaja de un lado a otro. Es común que mis hermanos, que ahora se encuentran casados y en sus propios hogares, visiten de vez en cuando a mis padres, eso cuando estos llegan a encontrarse en la ciudad y no lejos por el trabajo. Cuando todo llega a concordar, es común que queden para hacer algo. Esos momentos, por un motivo u otro, últimamente son cada vez más frecuentes. Todo esto es quizá por el único y sorprendente motivo de que ahora hay un integrante que lo motiva todo.
Desde que mi sobrino nació ha sido la estrella y maravilla de mi familia nuclear. Mi mamá encontró un propósito nuevo y mi padre parece haberse ablandado tanto como nunca lo había hecho en toda su vida.
Parece un resplandor cegante cuando llega a la casa, toda la atención, incluida la mía, se advoca hacia el, se vierte y lo llena; lo cual es de entenderse, puesto que en su propio hogar carece de esa llama motivante que son las continuas muestras de afecto y atención. Pero bueno, supongo que así tiene que ser, en algún lugar le deben enseñar sobre lo que es el orden, los valores, la crueldad de la vida y la pérdida progresiva de su propia inocencia. El resto de nosotros nos concentramos principalmente en lo primero, lo cual no es nada difícil, a él le gusta como nadie el jugar, esparcirse, explorar, aprender. Pero nadie habla de lo mucho que le encanta enseñarnos cosas, y quizá sea una de las millones de cosas que él no sepa.
Una de las actividades que más disfruta en su vida es caminar, lo cual a mi me parece muy filósofo de su parte. Dímelo tú lector, cuando fue la última vez que saliste de tu casa y tomaste rumbo sin una dirección ni un destino concretos. A él le encanta hacer eso, le encanta perseguir palomas, acariciar perros callejeros y nombrar los números y letras que se encuentra por el barrio.
Fue durante una de sus visitas. La casa, como siempre, giraba en torno a su energía que acaparaba toda la atención. Pero esta vez, la serie de reflexiones que me marcaron no comenzaron con el ruido de sus descubrimientos, sino en la quietud de la mañana, en un instante de calma, justo en el momento en el que el día parecía comenzar realmente.
En cuanto me levanté y salí de mi cuarto vi a mi sobrino viendo la televisión. Estaba todo lelo, todo ido. De inmediato me agarró ese arrebato común que me da cuando lo veo; es una mezcla entre calma y desesperanza. Me invade de ternura y amor. Me recuerda que aún hay una pizca de inocencia en este mundo maldito que hay que proteger, por la que personas como tú y yo tal vez debamos morir. Y a la vez trae a mí el pensamiento de todo lo malo por lo que le falta toparse. Todas las veces que se va a caer, que va a llorar, que va a sufrir. Todas las veces que el mundo le romperá el corazón y todas las veces que la vida lo va a decepcionar.
Que triste. Siempre que lo miro me da ese regusto amargo.
El caso es que... se emocionó cuando me vio y me dijo que fuéramos a correr. Y en ese momento fue todo lo que quise hacer: ir a correr con él. Salimos y comenzamos a correr. Le preguntaba por una dirección y él solo corría hacia adelante. Y le preguntaba a dónde quería ir y solo me contestaba: "Corre macosh, corre, es tu turno".
Así que corrí. Corría lo suficientemente veloz para ir a su lado, y en un punto la wera (la mascota de mi casa) nos alcanzó corriendo también. Y veía sus ojitos llenarse de alegría al verla correr. Luego una vez más la wera corrió y su sonrisa se llenó de felicidad al verla una vez más Entonces él le gritaba: "Corre wera corre". Como si correr fuera lo único para lo que existiera, como si pudiera correr para siempre.
Y la wera solamente se nos quedaba viendo mientras movía la cola. Ahí fue cuando volvimos a dividirnos. Él veía una máquina de energía y sagacidad en ella, y yo, lector, detrás de él, alcanzaba a ver las arruguitas que se le hacían en torno a los ojos y la coloración grisácea que crecía en su pelo alrededor del hocico. Y lo único que pensé fue en que se había cansado de correr, tal vez solo lo hizo para hacerlo sonreír, y tal vez al hacerlo le dolieron los huesos. Fue triste pensar que no estaría por mucho tiempo más, que no llegaría a verlo crecer. En que ella se iría con la imagen de él corriendo tras ella y que él seguiría y en algún punto se olvidaría de que ella estuvo ahí. Llegará el día en que le preguntaremos si recuerda a la wera y como jugaba y correteaba tras ella, y él nos diga que no sabe de lo que hablamos.
Y pensé más allá.
Pensé en que llegará el momento en que me convierta en el único testigo de momentos así y sea mi responsabilidad proteger esas memorias. Memorias que se irán manchando hasta no parecerse en nada a lo que una vez fueron. Ver a mi sobrino jugar con la wera, de alguna manera me recordó que me voy a morir. Y me dio mucho miedo. Lo cual es triste, porque el miedo a la muerte no es más que el miedo a no vivir, a no tener una buena vida. Una vida de acuerdo a las cosas que nos parecen importantes.
El caso fue que nos metimos, por qué correteando mientras pateaba una botella de agua que se encontró en la calle se cayó. Su mamá lo vio y lo regañó y lo mandó a lavarse los dientes. Y él entró llorando a la casa por qué le ardían las manos. Por qué seguramente no sabía que cuando te caes en concreto rayado a las casi 12 del mediodía las manos arden.
Yo me metí tras él sabiendo que había aprendido una lección. Y que su madre me cae mal, muy mal; un poco más que el resto de la gente.
Mi tía me preguntó que iba a desayunar y le dije que se me antojaba huevo. Así que me preparó un huevo con tortillas de maíz y frijoles que estaba muy bueno. Mientras desayunaba, mi hermano y mi cuñada alistaban todo para irse. Así que terminé rápido, porque en la piel logré notar el sentimiento de creer que el tiempo se me estaba agotando.
En un intermedio fugaz, agarré el UNO gigante y me entretuve con el niño, por qué los adultos estaban ocupados empacando todo para volver a sus aburridas vidas, y obviamente el niño les estorbaba para eso. Y mientras pasaba un rato hermoso jugando con el niño, llegué a una revelación.
Hace poco empecé la curiosa afición de coleccionar UNO’s, en todas sus versiones y estilos. Si me gusta o me atrae lo compro y lo sumó a mi colección, son bonitos y baratos; pero es raro, casi siempre que compro uno me preguntó el sentido de por qué lo hago. Si lo piensan bien, el uno, sea del tipo que sea es un juego para jugarse con otras personas, lo cual es raro, por qué soy la persona más solitaria que alguien pueda conocer. ¿Por qué alguien así se empeña en gastar el poco dinero que tiene en comprar artículos de este estilo? Yo también me lo pregunto. No se. Superficialmente pienso que son bonitos, vistosos y fáciles de coleccionar, y a la larga pienso que eventualmente llegará el día en que los use en una u otra ocasión. Pero la mayoría de los UNO que tengo los he jugado solamente con mi pareja y si acaso una sola vez. Así que, ¿por qué? Pues hoy encontré otro fin en él.
Ni siquiera jugamos con las reglas tradicionales. Sinceramente creo que ni siquiera jugamos al UNO. Pero déjenme confesarles que jamás me había divertido tanto jugando. Además, me enoje un tanto con los creadores. En sus cajas siempre ponen "para mayores de 7 años". En ese momento me di cuenta de que eran unos idiotas. O tal vez lo parecerían cuando se pararan y se dieran cuenta de lo mucho que puede lograr un niño de 2 años con unos números y unos colores.
Pero bueno. Todo eso duró 30 minutos. Los adultos terminaron. Subieron sus maletas al automóvil. Se despidieron muy amargamente. Y se llevaron al niño.
Me quedé sentado mientras guardaba el UNO en su caja, el silencio reinó una vez más en cada rincón del hogar, mi tía llegó y se sentó a mi lado y lo único que me dijo fue: "Que bien por ti, por fin estás solo, sin ruido y sin nadie como querías, por fin vas a descansar y a estar en paz".
Suelo bromear todos los días con comentarios de ese estilo; pero en ese momento, lo único que me pregunté fue si eso significaba estar realmente en paz.
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