Tras una noche larga de desvelo innecesario decidí dormir hasta tarde para recuperar un poco de las horas de sueño perdidas sin una razón de ser. En mi etapa de bachiller y universidad creía que el tiempo de sueño era algo negociable, y en última instancia, algo sacrificable, algo que podía vender o dejar pasar sin mortificación. sobre todo si la razón era suficientemente buena para convencerme de ello. Y lo es, querido lector, no quiero venir aquí a mentirte. Cuando tienes un motivo de valor por el que permanecer despierto, la recompensa paga el precio establecido la mayor parte de las veces; quiero decir, si un hijo tuyo está enfermo y tienes que pasar una madrugada entera cuidándolo en el área de urgencias de la clínica local; si tienes que pasar las noches de la última semana del mes estudiando arduamente para mantener las calificaciones altas que respaldan la beca que sustenta tus estudios académicos superiores; o si es el ultimo día de semestre en que tienes la oportunidad de compartir la cama de tu viejo apartamento de estudiante con tu pareja antes de regresar a tu hogar fuera de la ciudad para las vacaciones de verano; en todas esas ocasiones y algunas más, el sueño suele ser algo que vale la pena sacrificar. Hay otras en que sencillamente la respuesta es no, como lo fue la noche de ayer.
Afortunadamente tuve el privilegio de poder dormir hasta casi las 2 de la tarde; me levanté como de costumbre a estirarme y preparar algo de desayunar (si, después de mediodía), en el proceso me encontré con mi tia y nos sentamos a conversar mientras se cocinaban los alimentos acerca del crimen, la justicia, la retribución, la psicopatología, y mas temas que surgieron en mi interés a raíz de mi última lectura “Todo oscuro, sin estrellas”, del autor Stephen King. Puede parecer un poco controversial platicar cosas así con una tía, cualquiera pensaría que por lo general hablamos de anécdotas familiares y chismes sociales que acontecen en el barrio, la ciudad o de la farándula actual. Con esta tía las cosas son un poco diferentes, puedo hablar sobre lo primero y también sobre lo segundo sin problema. Además, cumple una función mucho más importante para ambos; por un lado, yo descargo mis inquietudes e impresiones literarias recientes, y por otro, a mi tia le gusta oírme hablar sobre temas que ella considera interesantes y que comúnmente, por pereza o desinterés, no suele reflexionar; aparte, me sirve para conocer el punto de vista de alguien que se encuentra alejado tanto de mi forma de pensar, mis círculos comunes, así como de características de edad y género. Siempre ha sido una relación familiar muy interesante.
Total, en esta plática, ella planteó la cuestión de que debería de empezar a leer, que siempre lo ha visto como un hábito muy saludable y productivo pero que nunca había encontrado en sí tanto la motivación como el tiempo para poder dedicar a esta empresa, me pregunto como había conseguido yo para lograr desarrollar esta costumbre y con el interés adecuado me pregunto que pensaba acerca de que si estaba de acuerdo en que la gente “debía” de leer más y mejores libros, y además, de cómo veían personas como yo (como si fuera algún tipo de caso o habilidad especial) a la gente que no leía o que iba empezando. La verdad, todas estas interrogantes me sorprendieron viniendo de alguien como ella, no por hacerla menos de ninguna manera, si no porque al contrario de todos ustedes queridos lectores, la conozco. Cautivó mi interés y fomentó el desafío de explorar muy profundo dentro de mi pensamiento algún atisbo de charlatanería que pudiera utilizar a manera de respuesta. No solo quería darle una respuesta sincera y honesta, quería que además, contuviera dentro de sí, los matices adecuados que convirtieran lo que dijera en algún tipo de discurso persuasivo; algo que calara hondo. La respuesta que terminé dándole fue la base de un texto a la postre mucho más sólido que decidí explorar y enriquecer con la ayuda de Chat-Gpt. También, fue la primera vez que permití que el generador artificial de textos modificara la estructura y redacción de mi texto, esto la verdad es algo que no me gusta del todo, siempre he favorecido que lo que ustedes y cualquier otra persona leen proveniente de mi sea algo escrito de principio a fin por mi puño y letra. A pesar de todo creí que por hacer el ejercicio podía permitirlo aunque fuera en una sola ocasión; muy a mi pesar lo hice y le pedí reiteradamente y en una revisión posterior trate de que se mantuviera lo más íntegra posible la esencia y voz con que fue escrito; si encuentran mucho de escritura hecha por inteligencia artificial, me disculpo de antemano. El texto de a continuación fue, por lo tanto, el producto de una conversación entre 3 interlocutores; mi tia, Chat-Gpt y yo. Dicho esto espero que lo disfrutes y que despierte en ti la necesidad de desarrollar una postura u opinión propia:
“Siempre he creído que un libro cumple diversas funciones según su complejidad y la capacidad que tiene de penetrar en la conciencia, la reflexión y el pensamiento humano. Un libro por sí solo no tiene una capacidad de creación significativa; es la lectura, como acción e interacción, la que otorga significado. Quién establece ese significado es el lector y, en consecuencia, la interpretación de una obra dice más sobre la persona que la lee que sobre el libro mismo.
La literatura es un universo de posibilidades, un puente entre mundos reales e imaginarios donde cada lector traza su propio sendero. No hay fronteras absolutas ni jerarquías definitivas en este viaje; cada página es una puerta y cada interpretación, un reflejo de quien la cruza. Sin embargo, a lo largo del tiempo, se ha construido una idea de superioridad en torno a ciertos libros, como si solo aquellos que cumplen con un criterio arbitrario pudieran ser considerados valiosos. Ante esta realidad, surge la necesidad de cuestionar: ¿hasta qué punto el elitismo literario enriquece o limita la experiencia del lector?.
El valor simbólico de una obra no deja de existir, pero es un producto de convenciones culturales y sociales, un promedio de interpretaciones colectivas que han dotado a ciertos textos de un estatus particular. Hans-Georg Gadamer, en su "Verdad y Método", postula que toda comprensión es interpretación, influenciada por la tradición y la historia. Bajo esta premisa, el significado de un libro nunca es fijo, sino que depende del horizonte del lector y su interacción con el texto. En este sentido, este valor histórico y social no debería ser el principal criterio para juzgar los sentimientos y pensamientos individuales que una persona pueda desarrollar frente a una obra. El significado que un lector le asigna a un libro es, en esencia, un reflejo de su propia experiencia, contexto y sensibilidad.
Si bien considero que el significado de una obra se configura principalmente desde la perspectiva del lector, también reconozco que un libro posee un valor intrínseco. La escritura es un proceso creativo que implica una búsqueda de sentido por parte del autor, un intento de comprender el mundo y plasmar una parte de su realidad. En este punto, es pertinente mencionar a Roland Barthes y su ensayo "La muerte del autor", donde argumenta que la interpretación de una obra no debe centrarse en la intención del escritor, sino en la experiencia del lector. Esto refuerza la idea de que, una vez publicada, la obra adquiere nuevas dimensiones que dependen de la interacción con sus lectores.
Partiendo de esta premisa, considero que el elitismo literario influye negativamente en la inclusión de nuevos lectores y en el desarrollo de una cultura literaria diversa y accesible. Defino el elitismo literario como la creencia de que ciertas lecturas, autores o géneros tienen un valor superior en comparación con otros, estableciendo una jerarquía que distingue entre lecturas "dignas" e "indignas" según criterios arbitrarios. Esta postura con frecuencia menosprecia libros considerados "populares" o "superficiales", sin reconocer que toda lectura tiene un valor en sí misma.
Wolfgang Iser, en "El acto de leer", sostiene que la lectura es un proceso activo en el que el lector completa los vacíos del texto con su propia imaginación y experiencias previas. De esta manera, incluso una obra considerada "superficial" puede adquirir significados profundos dependiendo de quién la lea y desde qué contexto la intérprete. En consecuencia, la distinción entre literatura "alta" y "baja" se vuelve, en muchos casos, una construcción social más que una categoría objetiva.
No estoy completamente en contra del elitismo literario porque reconozco que existen libros con niveles de complejidad variables y que es natural que un lector, con el tiempo, busque experiencias más enriquecedoras. Sin embargo, rechazó la carga moral con la que muchas veces se impregna esta distinción. No debería utilizarse el elitismo como un criterio de validación personal o social, ni como un mecanismo para excluir a quienes tienen hábitos de lectura distintos. La literatura es una forma de exploración y crecimiento, y su riqueza radica precisamente en su diversidad.
Umberto Eco, en "Los límites de la interpretación", establece que si bien el lector tiene libertad para interpretar, no todas las lecturas son igualmente válidas, pues deben respetar una coherencia dentro del texto. Esto sugiere que el proceso de lectura implica tanto libertad como responsabilidad, y que la riqueza de la literatura proviene de un diálogo continuo entre diferentes perspectivas.
En un mundo donde la información está mediada por intereses y discursos polarizados, la lectura debería ser un espacio de libertad, no de imposición. No hay razones válidas para condicionar la experiencia lectora bajo los preceptos de un elitismo literario restrictivo. Cada persona tiene su propio camino en la lectura, influenciado por factores biológicos, psicológicos, sociales y económicos. Nadie debería sentirse obligado a leer lo que no desea o a justificar sus elecciones ante los demás.
Considero que la evolución de un lector atraviesa diferentes etapas. En una primera instancia, la lectura debería ser placentera y generar entretenimiento. Luego, puede despertar emociones más complejas, generando significados personales valiosos. Finalmente, en su nivel más profundo, la lectura puede llevar a la reflexión y a la transformación personal, permitiendo que el lector no solo interprete el mundo, sino que también lo cuestione y lo transforme.
La literatura es, en esencia, una invitación a soñar y a descubrir, una promesa de que cada página contiene un universo esperando ser explorado. Quien cree que la lectura tiene límites ha olvidado su verdadero propósito: ampliar horizontes, no restringirlos. No hay un solo camino correcto en el mundo de las letras, sino infinitas rutas que se entrelazan en la imaginación de cada lector. La magia de los libros no radica en su exclusividad, sino en su capacidad de hablarnos a todos, sin distinción. Y en ese diálogo, cada voz tiene un valor único e irremplazable. “
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