Ayer comencé a leer “Buenos presagios”, una obra coescrita por Terry Pratchett y Neil Gaiman en la que se hace una espectacular gala y derroche de humor y creatividad al más puro estilo inglés. Una historia que tiene la particularidad de ser contada a través de la voz narrativa de dos maestros de la escritura que además son nativos del país británico, que conocen bien el tipo de chistes de los que su gente goza y que la mayoría del resto nos interesa lo suficiente como para gastar lo que sea que cueste el libro en un equivalente a libras de nuestro país.
La verdad es que estoy gozando en grande con sus personajes y locuras, sobre todo la parte relativa al grupo de jóvenes conocido como “Ellos”, cuyo plan de juegos un día cualquier por la tarde es reunirse en su cuartel secreto situado en un viejo baldío para devanarse los sesos pensando en como hacer la santa inquisición británica del siglo xx y erradicar a las brujas del país (Pero no podemos hacer la santa inquisición - replica consternado - No somos españoles...) (Si el libro dice que la tierra nació un 4 de octubre hace 6000 años, eso solo puede significar dos cosas… que los científicos estaban equivocados, y que la tierra es libra…). Es un agasajo que recomiendo a todos los que quieran pasar un buen rato olvidándose de la complejidad de leer algún clásico o ejemplar académico, o del estrés que supone enfrascarse en las páginas de un libro de suspenso, drama o terror.
Hace unas semanas, buscando temas sobre los que hablar, incluí en mis notas del diario una anécdota que se me vino a la mente de hace ya muchos años. En el formato anterior incluí unas cuantas y me pareció un ejercicio muy agradable, fresco y nostálgico, que me daba mucho placer. Decidí que no estaría nada mal incluirlas de vez en cuando en este nuevo formato, de hecho el único problema que encontré tenía que ver más con mi confianza que con otra cosa. Llevo días dándole vueltas a la cuestión de qué tanto debería confiar en la capacidad de mi memoria para escribir entradas. En ese aspecto quizá haya muchos errores e invenciones propias cada que cuento o traigo a colación algún tema o experiencia del pasado, y con ello, la información que contiene está muy tergiversada y pueda resultar deshonesta en gran medida. Pero bueno, me es suficiente con pensar que es parte de los contratiempos a los que uno ha de atenerse al escribir un diario.
Esta historia se remonta a algo más de unos 14 o 15 años, aproximadamente. Cuando tenía unos 8 o 9 años y cursaba el 4to año de educación primaria, aproximadamente. Cuando estas en primaria y tienes alrededor de esa edad, por alguna extraña razón, a los profesores les parece una excelente idea fomentar en sus alumnos el valor de la responsabilidad, la cooperación y el compromiso de cuidar a las personas a través de la habitual tarea de “cuidar a un huevo”. Muchas personas se relacionaran conmigo al imaginar el tipo de experiencia que resulta porque quizá sea una actividad muy común en la educación cultural del país. Quizá sea que a tu, querido lector, también hayas nombrado, vestido y cuidado a tu propio huevo. Lo único que espero es que si fue así, esa experiencia educativa haya hecho de ti un humano más completo y un ciudadano de bien; y no como me pasó a mi, que hizo que brotara muy dentro de mí la semilla de la discordia y la mentira que toda nueva y pecadora vida trae consigo al mundo cuando nace.
Para los que no tengan ni idea de lo que les hablo dejen les explico superficialmente; de hecho, al fin de cuentas, es más sencillo de lo que parece. La actividad consiste en un proyecto grupal que por lo poco que he investigado, busca desarrollar en los niños un sentido ético del compromiso social que une los valores de la empatía, la responsabilidad y la cooperación para con sus iguales. Esto se supone que se conseguiría con la tarea que se les da a dos alumnos reunidos en pareja de cuidar a un huevo (si, literalmente un huevo, esos que te desayunas) a lo largo de un periodo determinado, por lo general una o dos semanas; intercalando los turnos entre uno y otro, los alumnos deben compartirse la responsabilidad de ver por su bienestar e integridad y asegurarse de cumplir con ciertas tareas adicionales que les son encomendadas, entre las cuales pueden incluirse, asignarle un sexo, nombrarlo, hacerle prendas y vestirlo, construirle una cama o casa que lo protegiera, pasar tiempo con el y hasta sacarlo a pasear. Como verán, es casi como si de la nada, a los 9 años, te convirtieran en padre con una pareja y un bebe por los cuales tienes que ver con prioridad por encima de una tarde jugando halo mientras comes doritos flamin hot con 2 pesos de salsa y chamoy una tarde cualquiera en tu habitación; así era como se sentía.
En mi caso me asignaron como pareja a una compañera que según recuerdo tenía un nombre extraño como “Madeleine”, que según tengo entendido se pronunciara algo como “Medelyn”. Tras las habituales burlas y cuchicheos del público nos entregaron a nuestro huevo, nos pidieron pensar en si queríamos que fuera “niño” o “niña” y una vez decidido que le pusiéramos un nombre para compartirlo en plenaria. En general la relación matrimonial que teníamos “Medelyn” y yo era apacible, para ser una pareja de recién casados no había mucha pasión pero sobrellevamos los problemas de buena manera; hasta que llego el divorcio forzado nunca mantuvimos una discusión, no hubo sospechas de infidelidad y al final estuvimos de acuerdo en dividir los bienes compartidos en partes iguales. Las decisiones siempre fueron sencillas, uno escogía algo y el otro escogía otra cosa que considerábamos tenía igual peso. Sobre esa linea decidimos que ella escogería el nombre y yo el sexo, le dije que seria niña y ella se encargo de ponerle un nombre lindo y fácil de recordar; la verdad, no recuerdo cual fue, para cuestiones de la historia y de rendirle homenaje a mi antigua hija desaparecida (probablemente engullida una mañana con salchichas y tocino) le llamaremos “Sofia”. Así fue como “Sofía Ruiz” se presentó al público. Después de presentar cada uno a su “hijo” frente al grupo, el maestro pidió que pasáramos con él para que lo firmara, esta marca según funcionaria como una prueba para que al final del proyecto, el maestro pudiera cerciorarse que era el mismo huevo, y por lo tanto, cumplimos con la encomienda de salvaguardarlo con éxito. Se nos pidió además dividirnos el papel de quien sería el responsable de “personificarlo” y vestirlo y quién el de hacerle su “cama”; Medelyn se encargó de hacerle un lindo conjunto y ponerle unos ojos bailones y yo de hacerle, con la ayuda de mi madre, una cama con detalles estéticos, adornos femeninos, y lo suficiente para que estuviera lo más mínimamente expuesto a cualquier tipo de riesgos. Cuando nos juntamos estuvimos satisfechos con el trabajo de cada uno y pensamos fielmente que Sofía era una privilegiada comparada con el resto de huevos que los compañeros tenían encargados. Esto nunca fue una casualidad, porque yo de verdad me sumergí en la experiencia, estaba decidido a hacer mi mejor trabajo, me creí el rol paterno que se me asignó; me importaba. Quizá fue eso, en parte, lo que llevó a que todo terminara en tragedia.
Los días continuaron estupendamente, todo iba viento en popa, yo, como buen padre, me dedicaba a pasar tiempo con mi hija entre partidas de tazos y “retas” de futbol, la incluía cada vez que iba a reunirme con mis amigos y platicábamos de los últimos episodios de “caricaturas” que habíamos visto; hasta se la presente a toda mi familia. La importancia que le daba era siempre iba más allá, era claro que yo procuraba más la seguridad y el esparcimiento de mi huevo mas que mi pareja, y aunque esto no me terminaba por molestar o frustrar, no pude evitar pensar en que era injusto que en este tipo de cuestiones siempre existe uno al que le importa más que al otro.
Creo que proyecto duraba una semana, durante esa semana, quien se llevara el huevo a su casa estaba encargado de hacer un resumen que fuera como una bitácora de las actividades que había hecho con el huevo y que tipo de aprendizajes había obtenido, ese resumen lo explicabas en clase y el maestro lo calificaba. Casi siempre este tipo de resúmenes tenían que incluir cierto tipo de actividades, por ejemplo, tenías que hacer algo como leerle, ver una película con él, hacerle otra ropa, presentarlo a la familia o sacarlo a pasear. Medelyn y yo nos turnamos los días y cada uno hacía las cosas que creía convenientes; no fue hasta el 4to o 5to día en que me tocó a mí llevarlo a casa en que ocurrió algo sumamente inesperado.
Como era de costumbre llegue a mi casa con el huevo e hice lo típico de un día mío en aquellos tiempos, dejaba la mochila, comía lo que sea que mi madre en su poco tiempo había tenido la oportunidad de cocinar, hacía mis tareas, y comenzaba el tiempo de ocio. Fue durante este raro y controvertido tiempo entre las tareas y mi tiempo de ocio que decidí combinarlos y usarlos para hacer algo con mi hija, algo que me sirviera para hacer la tarea del día y de paso que me divirtiera. Fue así como tomé a Sofía en su comodidad y la saqué a pasear. Mi idea era caminar por mi colonia enseñándole las casas y explicando quienes vivían allí. No se si algún vecino me llego a ver hablando solo mientras cargaba con un caja rosa, pero si si, les ofrezco una sincera disculpa. En un momento que aun no consigo entender, como caído del cielo o ascendido del mismísimo infierno, me vi sorprendido por el ladrido atronador y el atemorizante gruñido de uno de los perros del vecino. Como estaba tan enfrascado en mi tarea me lleve una sorpresa, grite y patalee como lo haría un niño asustado y cuando menos lo preví, Sofía se deslizó dentro de su caja y de mis manos y fue a dar al suelo. Imaginen lo que sentí en aquel momento; si no se le parece, sentí algo muy similar a lo que sentiría un padre al ver a su hijo en el pavimento con múltiples fracturas nada más después de haber sido arrollado por una motocicleta a una alta velocidad. Todos mis miedos sobrevinieron, si no mal recuerdo fue la primera vez en mi vida en que sentir horror en mi vida, y no un horror sobrenatural, sino uno más relacionado con la culpa y el escarmiento, quizá fue la primera vez que tome consciencia de que si me portaba mal las consecuencias eran mucho más grandes que un regaño de mi madre o un pellizco de mi padre. Obviamente, como si estuviera en una película de drama, trate de recogerlo mientras veía que los órganos (la yema y la clara) de Sofía se escurría entre mis dedos; con el corazón hecho pedazos y las lágrimas a punto de desbordar mis ojos corrí de vuelta a casa. Me quebré, fue ahí donde los pensamientos sobre lo que acababa de pasar y las consecuencias que traería me invadieron e imagine, quizá por primera vez, que hubiera sido mejor el nunca haber nacido. Entre sollozos y gimoteos la claridad tocó a las puertas e hice lo que todo niño sin respuestas hace cada que se le presenta un problema que es incapaz de resolver (la mayor parte del tiempo), esperar a mi mama para que me ayudara. La tarde fue un martirio y no me gusta pensar en lo que debió haber sentido y pensado mi madre cuando, al volver de su arduo trabajo como profesora en dos jornadas diarias, encontró a su hijo menor con un huevo roto (literalmente) y la vida deshecha.
Lo que me sorprendió, y hasta día de hoy lo hace, fue que no me regaño, al contrario, fue algo muy grato que en su lugar se encargará de consolarme diciéndome que todo iba a estar bien y de que lo solucionaríamos. Fue así como tomamos un huevo bien parecido al anterior (no hay que pensar que no existe diferencia práctica entre un huevo y otro; siempre defenderé que cada huevo es un individuo único e indivisible), lo vestimos con las ropas y lo dormimos en la cama de mi fallecida Sofia. La cosa estaba bien, pensé en que, a pesar del dolor de ser un padre con un hijo muerto, nadie se daría cuenta cuando sobreviniera el día siguiente. En ese momento recordé algo muy importante, no me había percatado de que entre tanto teatro faltaba algo que le diera la guinda del pastel de la credibilidad a toda la treta que organizamos cual grupo criminal mi madre y yo. Faltaba la marca del profesor, le dije a mi madre y ella se encargó de reproducirla. Para ser sinceros, era quizá lo único que no terminaba por parecerse al original; el clon, por lo tanto, era falible, y eso hizo que mi preocupación no terminará por acallarse, se lo achaque a mi madre y ella por fin en un nivel de hartazgo máximo me dijo que dejara de hacer berrinche y que si no quería las cosas que mejor dijera lo que realmente pasó. Mi miedo fue más grande y decidí seguir con la mentira. Hoy compagino con la idea que dicen de que los escritores de ficción son unos viles mentirosos; no soy escritor de ficción, pero me considero lo suficientemente mentiroso para llegar a serlo.
Al día siguiente mi ansiedad alcanzó escalas inauditas, un malestar máximo que impregnaba cada minuto de mi existencia. No miento cuando digo que llegue a la escuela mucho más callado que de costumbre, y cada vez que alguien se dirigía a mi, no podía evitar tartamudear y hasta empezar a sudar en frío. Cuando Medelyn se me acercó y me pregunto por Sofía trate de actuar lo más natural posible y le dije que a partir de ahora no se molestara en batallar; trate de convencerla de que me dejara cuidar el huevo los últimos días ya que estaban muy cerca las fechas de fin del proyecto. Al principio me dijo que sí y eso supuso una liberación inmensa, pero al final de la jornada vino conmigo y me dijo que no quería que el profesor se diera cuenta y tuviera problemas, así que insistió en llevársela a casa, tras un intento de labor de convencimiento fallido terminé relegándole la responsabilidad y yo volví a mi casa con toda la certeza de que terminaría descubriendo mi falsedad y que me acusaría con el profesor. Tal vez suene a una dramatización heredada de la tradición cinematográfica pero no es mentira cuando digo que pase la noche en vela; me urgía que amaneciera y volver a la escuela, correr con Medelyn y arrebatarle de las manos el huevo.
Para hacer corta la trama, no se dio cuenta. Algo que sí fue curioso fue que al día siguiente cuando me lo entregó sin problemas, nos juntamos varios compañeros con nuestros respectivos huevos a hablar como de costumbre, dentro de mi neurosis trate de preguntarles a mis compañeros, de la manera más disimulada que pude, si alguno había tenido algún percance con su huevo, si se les había roto o algo parecido. Inconscientes de mi experiencia y de mi temblorosa voz la mayoría respondió que no sin sospechar nada. Fue uno de los compañeros quien me dijo algo que desincorporo de mi parte del sentimiento de idiotez que sentía cuando me enteré de que era el único estúpido e irresponsable al que se le había quebrado. El compañero, entendiendo que estábamos entre amistades, tal cual un niño lo hace con quien pasa mucha parte de su tiempo como suele ser un compañero de su salón; nos confesó que a él se le había caído, que volviendo a su casa un día de clases, resbaló en las escarpadas calles de terracería de su barrio y su huevo término en la tierra, nos dijo que lo primero que pensó fue que ya la había echado a perder; lo levantó, lo sacudió y se dio cuenta que estaba quebrado, pero que aún seguía casi entero del todo, solo tenía una brecha significativa en la zona donde había golpeado contra la superficie del suelo, lo probó para ver si no estaba frágil y percibió que resistía; fue en ese momento en que nos dijo que agradeció que su mama, antes de vestirlo, lo hubiera cocido en un baño de agua hirviendo para asegurarse de que la conocida inutilidad de su hijo no iba a desembocar en una desgracia. Yo creo que la madre sabía que tipo de hijo tenía y pensó en cómo iban a resultar las cosas, y bueno, al final de cuentas tenía razón. El compañero nos mostró la cicatriz en la parte trasera de su huevo y todos exhalamos sorprendidos de la ingeniosa idea que tuvo la madre del compañero, sobre todo yo, que casi se me salían los ojos y trataba con todas mis fuerzas no darme un manotazo en la nariz. ¿Cómo diablos no se nos había ocurrido a mi madre o a mi haber cocido el huevo para endurecerlo?.
Para no hacer más largo el cuento, llegó el día final, el día de revisión. Comenzó la clase y el maestro nos pidió comentar los resúmenes finales acompañado de una breve explicación personal de cómo nos habíamos sentido y que habíamos aprendido con esta experiencia. Después de cada turno, nos revisaba la tarea y terminaba por revisar la marca del huevo para cerciorarse de que no hubiéramos hecho trampa. Lo mejor que puedo hacer para finalizar esta anécdota de la mejor manera es imprimir las palabras que el maestro enunció después de revisar el sello de nuestro huevo. Fue una frase sencilla, creativa y que refleja perfectamente el fin de esta bella historia; la frase fue: “Que rara esta ésta marca, a lo mejor la hice con la mano izquierda”.
Y con esto, querido lector, hemos llegado al final de una historia más. Algo que quiero aclarar es que no tiene ningún tipo de significado profundo, y que, si tú como lector eres capaz de encontrar uno en ella, al igual que sucede con todo lo que consumes: tiene que ver más contigo que con el autor. Más allá de todo espero que la hayas disfrutado, yo me lo pasé en grande escarbando en los fangosos terrenos inhóspitos de mi memoria. Repito, no creo que esta historia simbolice algo mayor a lo que es, una entretenida anécdota de la infancia sin ningún tipo de importancia.
O tal vez sí.
🥚

No hay comentarios.:
Publicar un comentario