“El cielo sobre el puerto era del color de un canal desintonizado en la pantalla del televisor”
- William Gibson
Siempre he creído que a los escritores les pertenece una manera particular de observar el mundo. De hecho, fue el convencimiento de esa idea lo primero que se me vino a la mente al momento de leer la frase que encabeza esta entrada. La cita viene de la obra “Neuromancer”, del mismo autor que se sugiere a pie de nota en la frase anterior. Neuromancer vio la luz en el verano de 1984, un verano donde la gente estaba realmente familiarizada con el aspecto que ofrecía un canal con señal deficiente o totalmente privado de ella. Un verano en el que la gente no solo era capaz de percibir la sensación, sino también de transmitirla al pensamiento profundo al voltear la vista al cielo. Un verano lejano, donde quizá las cosas que importaban ya no lo hacen más.
El libro se crea en una época en la que los teléfonos móviles, los celulares, eran una mera fantasía producto del sueño de un ingeniero sin ocupación o de un escritor con mucha tela. Donde los protocolos y las redes de información eran mucho más mecanicas, analógicas; instrumentos ideados como herramientas sociales antes de como productos mercantilizados; medios personales, mucho más privados y mucho menos esclavizados.
La novela es reconocida por la importancia tangencial que tienen sus anacronismos y la prevalente ignorancia de la realidad futura. Su incapacidad de poder identificar correctamente los patrones de la evolución tecnológica y su narración más al estilo de una aventura negra que a las costumbres propias de la ciencia ficción de aquella época, hicieron que Gibson pudiera, tal vez sin intención, cimentar los pilares de un género que a la postre sería reconocido y explotado en una cantidad demencial de medios y formas alrededor del mundo entero.
Hace poco me hice el atrevimiento, tras un arrebato de ira y frustración repentinos, de hacerme la pregunta de por qué teníamos que pagar por quitar los anuncios que nos interrumpen constantemente cuando queremos ver un video o alguna película en las plataformas de streaming y similares. Eso me llevó de un lado a otro; he de admitir que estaba furioso al percibir el control que esta clase de proveedores tienen sobre nosotros. Poco a poco nos hemos ido moldeando a un paradigma social que está inundado por la tecnología y la primicia del poder que ejercen las empresas y organismos dominantes de este tipo de aparatos y medios sobre nuestras vidas. Me frustra pensar que cada vez no es mas indispensable, que cada vez se impregna mas y mas en la cultura, que cada vez está más normalizado el uso y abuso de estas herramientas. Yo nací en un mundo que aún estaba sobrepuesto a las actualizaciones tecnológicas que se generaban, que todavía era capaz de discernir entre una vida dentro y una vida fuera de la pantalla, y que, a duras penas, había comenzando a entrever cierta resistencia ante el aluvión de información, datos y artefactos que iban a surgir en su contra, en contra de una forma de vida. A muchos les tomó por sorpresa, sobre todo a los mayores; fueron los jóvenes, de hecho, los que se supieron adaptar a la nueva ola evolutiva, donde la inteligencia se entremezcabla con la capacidad tecnológica. Todos se asombraban por dilucidar las nuevas habilidades que muchos niños, adolescentes y jóvenes adultos habían adquirido a raíz de pasar horas frente a la pantalla aplanandose los dedos en un teclado en lugar de desollarse las rodillas jugando algún deporte o haciendo alguna travesura fuera de casa. Hubo sus medidas, pero también sus desmedidas, si no es como, que hoy en día, la tecnología nos ha rebasado, hoy en día no existe una conciencia común lo suficientemente capaz de comprender y criticar, con el juicio adecuado, los mecanismos que nos aprisionan hoy en día.
En lo personal creo que las cosas están cambiando mucho y muy rápido; quizá sea como en épocas pasadas donde los avances en la línea del conocimiento desplazaron muchas otras creencias, habilidades y estilos de vida, y de todas formas se terminaron adoptando esos cambios como un proceso natural en la transformación de la sociedad mundial; tal vez en aquellos momentos era lo mismo, tampoco podíamos tener la capacidad de ver directa y claramente un futuro palpable para poder prevenirnos del desastre que las épocas consecuentes tuvieron. Tal vez es, como muchos defienden, el siguiente paso en el desarrollo humano. Yo simplemente no puedo evitar pensar, mirando tan encarecidamente, como y de qué maneras mi sociedad se cae a pedazos; y eso no quiere decir que estoy en contra, todo lo opuesto, yo nací y crecí aprendiendo que la tecnología era la manera de subsanar y mejorar nuestras vidas y nuestros errores, de hacer todo más facil; pero tambien fui parte de una temprana concepción quizá proveniente de generaciones anteriores que formaron parte de mis círculos prematuros, de que existía un límite y un ritmo del progreso, y que además, lo importante estaba fuera, que si bien, estas líneas de instrumentos condicionaron para hacer más fácil, accesible y alcanzable dichas cosas importantes, aún y con todo, seguían estando afuera.
Quizá como todos, yo también soy parte del problema, porque el problema se ha vuelto un sistema contaminado y es difícil imaginarnos fuera del sistema. La pregunta es, ¿Que vamos a hacer?; ¿A dónde vamos a parar?; si esto sigue igual, ¿A dónde nos llevará?. Yo me imagino el futuro y trato de concentrarme en las cosas positivas, pero es difícil encontrarlas entre tanto desperdicio e inmundicia.
A día de hoy me cuestiono, con esto como con muchas otras cosas más, cuántos niños serán capaces de imaginar el color de un canal desintonizado en la pantalla de un televisor
Hoy en día se conoce a William Gibson por ser el pionero fundamental que impulsó el género “Cyberpunk” en la literatura.
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